ࡱ> @ njbjbqq H{dsl```N 8 $* $ dZ Z p  ,O o  "  <Z    r\ rrdr N JoU $AAContratos laborales y contratos sexuales en la sociedad minera del norte de Chile Jorge Pavez Ojeda A partir de una investigacin en curso sobre trabajo minero y sexual en el norte de Chile, hemos observado que la transformacin de las condiciones laborales de los mineros en las ltimas dcadas (flexibilizacin del trabajo, externalizacin/outsourcing-, regimenes de jornada excepcionales, beneficios laborales, formas de asentamiento) ha incidido en una economa poltica del sexo fuertemente tensionada por un rgimen polarizado de necesidad y abundancia. El acceso del hombre a un contrato laboral con una empresa mandante en la cadena productiva lo convierte en sujeto contractual generizado como proveedor, redistribuidor y cliente, solicitado para contratos matrimoniales, crediticios y prostitucionales, jerarquizando las comunidades mineras en clases socio-contractuales donde se refuerza y a tambin se tensiona la jerarqua masculina de la divisin sexual del trabajo. Estos procesos se pueden leer como reflejos de un rgimen de excepcin, donde las empresas mineras ejercen un gobierno indirecto privado en un enclave bio-poltico regional transnacionalizado. En este rgimen, se observa tambin un gran nmero de mujeres que concurren al enclave a competir en un mercado de mujeres disponibles para contratos laborales, matrimoniales, o prostitucionales, en los que participan indirectamente las empresas, como garantes de una serie de beneficios y formas de redistribucin de la renta minera.  1. Las diferentes condiciones de la vida y el trabajo minero constituyen fuertes determinaciones para la organizacin de las relaciones de gnero en la sociedad minera. Los mineros trabajan en regimenes especiales de turnos o de jornadas, segn la distancia de la faena de un centro poblado. Cuando la mina se encuentra a ms de cien kilmetros de distancia de la ciudad ms cercana, los trabajadores cumplen regimenes de jornadas continuas que alternan una estada de cuatro, siete, diez o veinte das en el campamento minero, y descansos prolongados, llamados bajadas (4x3, 7x7, 20x10). Cuando la mina se encuentra cercana a una ciudad (el caso de la mina de Chuquicamata a 18 kms. de la ciudad de Calama), el trabajo se organiza por turnos (maanero, tardero, nochero). De esta manera, el contrato laboral implica una temporalidad de vida determinada a su vez por la territorialidad productiva. Implcitamente, el contrato en rgimen especial determina tambin los grados de homosocialidad del trabajador, aislado por una cierta cantidad de das en campamentos a predominancia masculina, atendidos en sus necesidades por trabajadoras de empresas de servicios a la minera (contratistas del aseo y la alimentacin). Al decir de un dirigente sindical, el rgimen de jornada excepcional transforma al minero en un elemento disociador de la dinmica familiar. El padre de familia, en tanto proveedor ausente, se vuelve una suerte de enemigo cuando se hace presente, ya que su rutina de tiempo libre es disruptiva de la rutina familiar. El trabajo rompe relaciones, en la medida que genera conflictos en varios momentos de la vida familiar: conflictos por la ausencia del padre en fechas simblicas para la familia, conflicto por las normas disciplinarias establecidas para los hijos (el padre asume posiciones o demasiado liberales en relacin a la madre o demasiado disciplinarias, siendo ambos casos desarticuladores del orden establecido por la madre en ausencia del padre), alteraciones de las relaciones afectivas con la familia (ausencia del minero en fechas simblicas). Tambin hay conflictos por la desigual reparticin de las labores domsticas (el padre alega estar en sus das de descanso). En estos conflictos, la vuelta del padre a la mina puede ser percibida por los hijos y esposas como una liberacin. Los trabajadores entrevistados plantean que la organizacin temporal del trabajo reproduce una divisin sexual de las tareas que implica que la mujer asuma las responsabilidades domsticas, ser padre y madre, y duea de su territorio que es la casa familiar. Al mismo tiempo, hay una apertura nueva a la salida de la mujer del hogar, ya sea a trabajar o a participar de actividades pblicas. Los trabajadores perciben hoy los beneficios familiares del desarrollo personal de las mujeres. Pero la mujer debe lograr combinar su trabajo domstico con sus otras actividades (estudios, trabajo, activismo social, etc.). En este sentido, el trabajo domstico de las esposas como duea de casa es ms valorado que antes, siendo hoy entendido como una ocupacin que equivale en tiempo invertido al del trabajador minero. La responsabilidad familiar de este sigue siendo entendida como la del proveedor de la familia y colaborador de las tareas domsticas y educativas. La mujer ha asumido las responsabilidades de gestin de recursos y gastos familiares, lo que al decir de los mineros, contrasta con las generaciones antiguas (hasta los aos 70), en la que el hombre guardaba el control de la renta de su trabajo. Las esposas de minero viven en cambio el dilema de su autonoma de gestin del presupuesto familiar frente a la heteronomia de ingresos, mientras que, en muchos casos, ellas perciben una incompatibilidad entre su rol de madre-esposas y la entrada al mercado laboral, debido a las prolongadas ausencias del padre. Sin embargo, estas percepciones estn hoy cambiando, generando nuevos arreglos en los contratos matrimoniales. La gran minera ha sido en la historia de Chile el laboratorio de las polticas de domesticacin de la mujer, que implementadas en paralelo a la proletarizacin y sedentarizacin del campesinado itinerante. En los campamentos mineros se despleg una polica de las familias, que busc la estabilizacin fsica y productiva de la fuerza de trabajo, su moralizacin, la formalizacin de sus relaciones sexuales, y el control de sus gastos, por medio de la generacin de relaciones de dependencia con la empresa. Las polticas familiares de la mina El Teniente, controlada hasta 1971 por la Braden Cooper Company, fueron un modelo destacado por los gobiernos tanto liberales como populares entre los aos 30 y 70, que vieron el ascenso de la clase media chilena y la hegemona de un ideologema de la familia nuclear monogmica, cristiana y nacional, que rompi con las formas anteriores de la cultura popular. La clase patronal norteamericana de la minera del cobre (a diferencia de la del salitre) puso un fuerte empeo en la domesticacin del gasto del minero, de manera que el trabajador no derrochar su salario, y que la renta minera no se gastara improductivamente, en fiestas, juegos y regalos. La burguesa se caracteriza como clase que disimula su gasto, gasto que es siempre funcional y para s. La burguesa norteamericana intent expandir la funcionalidad del gasto til a las clases trabajadoras de la minera, orientando este gasto a la reproduccin domstica. El rol de la mujer duea de casa en los campamentos fue concebido por las compaas como el de custodio del gasto del minero. En 1975, esta concepcin era ya un hecho generalizado: La mujer cuida el sueldo del minero. El cuidado del gasto implicaba tambin acumulacin: en esos aos, se compraban dos refrigeradores esperando para venderlo en tiempos de huelga (tiempo improductivo). Hoy en da, nuestros entrevistados sealan como caracterstica destacada del gasto minero, y principal causa del sobre-endeudamiento de los trabajadores, la adquisicin de bienes suntuarios (los vehculos 4x4, los televisores LCD, equipos de sonido). Y estos mismos mineros sealan que estos gastos estn fuertemente condicionados por la competencia entre trabajadores: el minero siempre va a querer ser igual o mejor que el otro. Esto ocurre a costa de una endeudamiento que los amarra a sus empleadores y a la firma rpida del contrato colectivo, deteriorando su poder de negociacin. En la carrera por el prestigio, la deuda (el contrato crediticio) lo amarra al trabajo (el contrato laboral), debilitando su posicin sindical: la deuda conspira contra la huelga, ya que esta ltima atrasa los pagos salariales, y por consecuencia, los pagos crediticios. El cliente-consumidor conspira as contra la soberana del proveedor-redistribuidor. La domesticacin del gasto parece contradecirse as con la definicin misma de una conciencia obrera, no-burguesa, de la funcin de la riqueza como superacin de la necesidad y afirmacin del prestigio. Sin embargo, el gasto familiar minero en derroche festivo, bienes suntuarios, inversin en prestigio (colegios y universidades privadas para los hijos, residencias secundarias en los balnearios chilenos), constituyen hoy flujos que alimentan la acumulacin capitalista de las instituciones crediticias, los holdings del comercio retail y automotriz, las sociedades constructoras e inmobiliarias, etc. Si por una parte, las empresas reproducen sus polticas disciplinarias domesticadoras, por ejemplo con los buses sellados que transportan los mineros directamente desde la faena al domicilio, impidiendo que estos se detengan a gastar dinero en alcohol y mujeres en las ciudades de trnsito, por otra parte, se multiplica la oferta de consumo y crditos en las ciudades mineras. En tanto proveedor, el trabajador se vuelve cliente, sujetos de consumo y de crdito, y a travs de l, todos los miembros de la familia participan de esta subjetividad clientelar del consumismo. Como se ha sealado, la capacidad de consumo le permite al minero legitimar la reparticin de su tiempo ante su familia (su paternidad semi-ausente). El minero incorpora as a su familia a la relacin clientelar. Por su intermedio, la familia se vuelve cliente del padre proveedor y cliente de las empresas de consumo. Cuando la redistribucin del dinero le da al dueo de casa derecho a un trato preferencial, se instituye una lgica clientelar similar a la lgica contractual laboral, en donde la empresa compra el tiempo y trabajo del trabajador, y el trabajador compra el tiempo y trabajo domstico de su esposa (ninguna mujer se va si le pones casa, auto y chequera dicen varios mineros). La familia entra as a competir con los antiguos beneficiarios del derroche festivo y suntuario del trabajador minero: mujeres y mercaderes del comercio sexual. El espacio familiar del minero es entonces tambin un espacio productivo, en la medida que las lgicas familiares, permeadas por los flujos monetarios, contribuyen al movimiento econmico general. Esta progresiva indistincin entre el tiempo de trabajo y no trabajo (la disolucin del no-trabajo), entre tiempo productivo e improductivo (la desaparicin del tiempo improductivo) constituye un rasgo clave de los modelos productivos postfordistas. La inversin del tiempo libre en consumo contribuye precisamente a la disolucin de estas distinciones. Sin embargo, el consumismo de las familias mineras tiene tambin una dimensin de derroche, es decir, de gasto improductivo donde el intercambio sigue siendo considerado como una prdida suntuaria de objetos donados. El gasto improductivo contribuye a la produccin de honor, prestigio y estatus, algo que de Laire tambin detect como trasfondo del consumismo minero: la ostentacin de un estatus lleva a la espiral del endeudamiento. Bataille ya haba sealado la analoga entre la lucha por el prestigio que est detrs del derroche, donde el mayor derroche otorga mayor prestigio, y la inflacin crediticia del prstamo con usura. En ambos casos, el gasto en el estatus supone ms crdito con mayores intereses. El don aumenta la deuda. Sin embargo, en la lgica usurera, no se obtiene ni gloria ni honor, que son lo que le da sentido a la riqueza, y slo son posibles por la prdida. 2. Como parte de esta lgica de obtencin de prestigio por la redistribucin y el derroche, se puede incluir la fuerte relativizacin del valor de la monogamia por parte de los mineros: un estudio de la mega-empresa estatal Codelco encontr que casi un 30% de sus trabajadores piensa que no tiene importancia tener ms de una familia si el trabajador es capaz de mantenerla. Esta tendencia poligmica, o al menos bgamica, de la masculinidad minera se resume en la frase de una duea de casa sobre la mentalidad del minero: el minero no es minero si no tiene ms de una mina. Esta mentalidad se expres tambin en una reivindicacin cultural y econmica, aceptada por Codelco, ltimo reducto garante de un estado de bienestar. Los servicios de salud financiados por la empresa codifican las prestaciones otorgadas a las mujeres segn su estatus conyugal: el cdigo 0 para las trabajadoras de la empresa, el cdigo 01 para la esposa oficial, los cdigos 39 y 40 para convivientes (llamadas por las esposas, las sucursales). Estos beneficios se suman a las asignaciones familiares y las retenciones judiciales para mujeres separadas, que siguen la lgica instituida desde los aos 40 en El Teniente y en 1958 en Chuquicamata (y eliminada por el gobierno militar en 1973) de la llamada compensacin de la mujer: un pago directo (asignacin familiar) a la conviviente oficial del minero, pago que tena el doble fin de valorizar el trabajo domstico de las mujeres en el hogar y de domesticar al hombre, impidiendo que el minero controlara y derochara todo el presupuesto familiar. Mientras que los beneficios que reconocen una poligamia de hecho fueron reclamados y ganados como parte de las demandas sindicales mineras, la compensacin de la mujer fue parte de una poltica de disciplinamiento presupuestario de la empresa hacia los hogares mineros. En cuanto a las mujeres, estas mismas sealan que mientras menos nivel de instruccin alcanzan, mayor tolerancia desarrollan con la poligamia de sus parejas, ya que no veran otra forma de sobrevivir, si no en el trabajo domstico, que implica una notable prdida de estatus y de posicin socio-econmica. Tanto Gayle Rubin como Luce Irigaray sealaron en su lectura de Engels, que el contrato de matrimonio en la familia nuclear monogmica convierte a la mujer en sirvienta, mujer alejada de lo pblico. El matrimonio tiende a ser un contrato de trabajo implcito pero sin los derechos jurdicos asociados al trabajo. Para Irigaray, este contrato tambin oculta un acto de compra del cuerpo y del sexo de la mujer, una adquisicin y propiedad exclusiva que constituyen dos prostituciones transformadas en virtud conyugal, otro polo del mismo estado social. Irigaray plantea as el contrato de matrimonio como contrato de trabajo, que ve como contrato de esclavitud domstica, a diferencia del contrato prostitucional, donde el servicio sexual prestado es valorizado como tal. Sin embargo, con las polticas y demandas mineras aqu analizadas, vemos que cada vez ms el contrato matrimonial reconoce el trabajo domstico como parte de sus clusulas, y los derechos que este implica. Por otra parte, el problema de la exclusividad est en el centro de las preocupaciones de los mineros. El contrato matrimonial se acercara entonces ms explcitamente al contrato prostitucional, en la medida que sanciona un intercambio de trabajo (domstico y sexual) contra compensaciones econmica. Sin embargo, los mineros se oponen a esta comparacin, destacando tres diferencias claves: la duracin del contrato prostitucional, la sancin por la ley del contrato matrimonial, y el vnculo con la descendencia (el contrato familiar que se impone sobre las partes de alianza matrimonial). Al sealar que por los hijos se aguanta hasta el lmite de lo permitido, un minero recuerda la observacin de Benjamin: El valor social del matrimonio descansa, de manera decisiva, en la duracin de este, en la medida que esta guarda la idea de una confrontacin de los esposos, ultima y definitiva, pero diferida durante la vida. Los esposos estn protegidos de esta confrontacin tanto como dure el matrimonio, y por lo tanto, fundamentalmente, toda su vida. El matrimonio es entonces la suspensin indefinida de un conflicto final, por medio de un pacto para el don, una alianza que ejerce un don del tiempo, a la descendencia, a los hijos. Eso es al menos lo que destacan algunos entrevistados como el ltimo resguardo de un contrato matrimonial: la proyeccin en el tiempo por la descendencia hace la diferencia con un contrato prostitucional, que es un contrato sexual efmero y no incluye una domesticidad. El matrimonio minero se sostiene entonces sobre la filiacin ms que sobre la alianza. Ms que de un intercambio de mujeres entre hombres, vemos un intercambio con mujeres, donde en el proveedor se vuelve redistribuidor y cliente, y vuelve clientes a las mujeres. Ocurre as a la inversa de la relacin prostitucional, donde el cliente minero busca amplios servicios de parte de las mujeres: el servicio sexual, y tambin un servicio domstico concebido como compaa, afecto, conversacin; servicio que puede durar 25 aos en una vida paralela a la de la familia. El minero puede as asumir dos actitudes al volver a la mina: establecer un corte con la dinmica familiar que deja atrs, en la lgica de una doble vida fomentada por la temporalidad propia de la faena, o seguir funcionando como si la familia y la pareja estuvieran cerca. El primer caso lo resume en una frase un ingeniero de Escondida con jornada de 4x4: soy de Copiap, por lo tanto yo soy padre, esposo, buen cristiano all en Copiap, aqu soy libre, soy soltero. En el segundo caso, se observa el deseo de exclusividad: la distancia y el aislamiento puede generar obsesiones nefastas, cargadas de temor y ansiedad respecto a las mujeres. Esta ansiedad se expresa frecuentemente en las sospechas en torno a la infidelidad de la mujer, sospechas fomentadas por la homosociabilidad en las faenas, cargada de alusiones a la traicin de las esposas. La sospecha alimentada grupalmente en forma humorstica constituye una forma de carnavalizacin de una obsesin colectiva, un deseo de minas, que sin embargo es una manera de recordar la separacin entre la mina y el hogar, y hacer simblicamente presente a la pareja en la mina. De esta manera, el fantasma del patas negras recorre las faenas, segn la acertada parfrasis de Fernando de Laire. 3. Las separaciones matrimoniales constituyen un tpico reiterativo en las entrevistas con mineros, esposas de mineros, y en los pocos estudios que han analizado las relaciones de gnero en la minera. Segn dirigentes de la Confederacin Minera y el Sindicato Nacional de Montajistas Industriales (que trabajan estos ltimos en ciclos largos como 20x10), 40 % de sus afiliados han vivido separaciones conyugales o mantienen varias familias. En Codelco, se calcula que el 60% de los trabajadores de Chuquicamata han tenido separaciones. Tambin los entrevistados mencionan para esta mina, alrededor de 4.500 retenciones judiciales a sueldos de trabajadores separados. Varios aspectos de los contratos laborales aqu sealados contribuyen a la crisis de los contratos matrimoniales: la temporalidad del trabajo (jornadas y turnos de operarios, disponibilidad permanente de supervisores, la carrera productiva contra el tiempo y sus presiones) produce un pathos laboral (una pasin) que desborda sobre el tiempo de no-trabajo, amenazando el ethos familiar. Esto explica que una de las principales demandas de los mineros entrevistados es la empata de la mujer con los tiempos vitales del trabajador. Empatizar implica participar del pathos del trabajo, hacerse parte de l; empatizar es participar del vnculo social en una comunidad ordenada por el trabajo. La sociabilidad familiar y de amistades se ver as travesada por la sociabilidad laboral, la familia conyugal por la familia minera, concebida como una segunda familia, familia de hombres con la que se convive en los campamentos. Como seala una esposa de supervisor de Codelco: vivimos dentro del trabajo del marido. Esto refuerza una forma de endogamia minera, produciendo el encapsulamiento propio de comunidad laboral. De hecho, se seala que las alianzas matrimoniales funcionan mejor cuando la mujer es hija de minero, por haber sido socializada en la temporalidad familiar del trabajador minero, creando as la empata con el trabajo minero. La alteracin de los tiempos disponibles del hombre redunda en las relaciones sexuales de la pareja, por la inadecuacin de los horarios de disponibilidad de los cnyuges. Desde la perspectiva de los trabajadores, este ltimo aspecto lleva en muchos casos a las infidelidades del trabajador y su cnyuge, para buscar su satisfaccin sexual fuera de la pareja estable. El deseo sexual (las hormonas en palabras de las entrevistadas) son concebidas por las mujeres en trminos de apetito, es decir, necesidad biolgica. Abundan expresiones explicativas de la infidelidad en metforas alimenticias: se aburri de comer porotos, quera comer lentejas, cuando hay biftec todos quieren comer. Se trata de una ecuacin entre alimentacin y sexo que parece propia de la comprensin de las pasiones en comunidades cerradas, reguladas por los tiempos de trabajo. En una entrevista grupal con esposas de mineros de Codelco, ellas identificaron cuatro tipos de mujeres que constituan una amenaza para la fidelidad conyugal: las secretarias de la empresa, las practicantes (llamadas putas con ttulo) quienes son percibidas como mujeres dispuestas a todo para conseguir un contrato y quedarse en la empresa, las empleadas de la empresa contratista Servilimp encargadas de las tareas de aseo en las faenas y en oficinas, quienes constituiran una amenaza hormonal para los trabajadores ya que son de las pocas mujeres que conviven con ellos en las faenas, y las negras colombianas, migrantes que llegan a Calama en busca de mejor vida y cuya mayora se involucra en el comercio sexual. La gran amenaza que se percibe de estas mujeres es la posibilidad de que generen hijos con los trabajadores, como forma de obtener beneficios y parte del sueldo de estos. Hay que decir que a todas estas mujeres se les achaca algn inters: el dinero del minero, un contrato en la empresa, o una visa de residencia permanente en Chile en el caso de las colombianas. Los hombres entrevistados destacaron ms bien la lgica por la cual muchas separaciones conyugales estn vinculadas a las aspiraciones de ascenso social de esposas de trabajadores contratistas (de salarios ms bajos), aspiraciones que ellos entienden como una inadecuacin cultural/educacional entre parejas. Sealan como caso padigmtico el de las mujeres que han tenido la oportunidad de estudiar gracias al sueldo de su marido. Los estudios las llevan a insertarse con mayor estatus en el mundo laboral, ganar ms dinero, vincularse a otros crculos sociales. Ellas empezaran a sentir que el faenero contratista con el cual conviven no es para ella, generando un deseo de estar con un hombre de ms instruccin y ms capacidad adquisitiva. Se complementara as el deseo de ascensin social femenino, con la dificultad de los mineros para aceptar que la mujer gane ms dinero que ellos. Reconocen que esto debilita fuertemente su autoestima masculina. Ante este caso, no ven muchas opciones: trabajar ms para equipararse, o renunciar a la alianza matrimonial: yo te juro que me cago, me consigo 10 pegas para trabajar las 24 horas para poder hacerle gancho a mi mujer, o me separo, porque es insostenible para un hombre con una cultura digamos uno nace con una cultura, si aqu somos un poco machistas porque nacimos en eso, entend, nacimos, es el ser. La superacin por la mujer de los ingresos del hombre aparece as como el gran fantasma de la prdida de soberana. Este caso se hace explcito con las compaeras de trabajo, mujeres mineras que ganan igual que los hombres, y cuyas crisis matrimoniales son observadas por ellos como evidencia de la incompatibilidad. Queda claro que ambos puntos de vista constituyen representaciones altamente generizadas de la infidelidad y la separacin conyugal, poniendo las mujeres el acento en la dimensin pragmtica de la economa en las relaciones de sexo/gnero, y los hombres en la dimensin estructural de la sociologa del estatus. Antes que eso, la economa de sexo/gnero produjo prcticas de mujeres y la estructura sociolgica, estatus de hombre. La auto-victimizacin del trabajador y su pasividad ante procesos sociales que lo desbordan parecen ser un fenmeno propio de una poca de flexibilidad laboral, que corroe el carcter, diluye las responsabilidades y hace ilegible el trabajo en todos los sectores de la vida productiva (Sennet, 2000). La pasin por el trabajo y la vida en el presente parecen ser los nicos lugares donde se afirma el trabajador minero. Por otra parte, las estrategias de diferenciacin de la clase obrera respecto a la burguesa, como el gasto improductivo y la competencia por el prestigio y el honor, parecen tambin haber sido recuperados por el capitalismo postfordista. En este contexto, el trabajador -proveedor, redistribuidor y cliente se afirma en los mrgenes de sus mltiples relaciones contractuales: el contrato laboral sostiene el contrato familiar, el contrato prostitucional al contrato matrimonial, el contrato matrimonial al contrato crediticio, el crediticio al laboral, etc. En esas posibles articulaciones e intersticios parecen afirmar no una tica sino una pasin de la conciencia minera fundada en el gasto (destructivo) de su existencia fsica (su vida y su cuerpo), como don para los otros, constitutivo del vnculo de la comunidad minera.  Este trabajo es producto de los proyectos Fondecyt 1095007 y 11080269.  Docente-investigador, Instituto de Investigaciones Antropolgicas y Museo, Universidad Catlica del Norte (Chile).  Se han realizado 18 entrevistas individuales en profundidad a trabajadores mineros varones y 4 entrevistas grupales (dos a mineros varones, una a esposas de mineros y una a trabajadoras de la minera).  Mbembe, Achille, De la postcolonie. Essai sur limagination politique en Afrique contemporaine, Karthala, Paris, 2000.  Como lo ha sido desde el surgimiento de la minera industrial en Chile, ver Klubock, Thomas M., Contested Comunities. Class, Gender, and Politics in Chiles El Teniente Cooper Mine, 1904-1951, Duke Universty Press, 1998.  Sobre la espacialidad del trabajo minero, ver nuestro artculo Asentamientos y sociabilidad en la gran minera del cobre, ms. 2010.  Algunas empresas publican la participacin femenina en su dotacin directa: Cerro Colorado (27 mujeres, 3,3% del total de la dotacin en 2007); Spence (74 mujeres, 7,7 % en 2008); Minera el Tesoro, (9 %); Anglo American (Mantos Blancos y Manto Verde: 4%); Escondida (113 mujeres, 3,6%); Codelco-Chile (1.244 mujeres, 6,8%, con variaciones entre las minas: Minera Gaby de Codelco Divisin Norte, por ejemplo, tiene la mayor tasa femenina del sector: 25%). La presencia de las mujeres est concentrada en funciones principalmente administrativas y de servicios; con una presencia muy reducida a nivel gerencial y en faenas. Sin embargo, esta incorporacin paulatina de las mujeres en las minas ha generado cambios importantes en las concepciones masculinas sobre las mujeres, nuevas formas de relacin y de habla, calificadas como de respeto e igualdad. Como seal un entrevistado, la mujer dej de ser la carne del sexo para pasar a ser una compaera de trabajo.  Moiss Labraa en De Laire, Fernando, La trama invisible o los claroscuros de la flexibilidad, Cuaderno de Investigacin, No.8 Departamento de Estudios. Direccin del Trabajo, Santiago, 1999, pp. 71 y 73.  Ibid, 66-74 y 122.  Ibid, 112-114  Klubock, op. cit.  Donzelot, Jacques, La polica de las familias, Pretextos, Valencia, 1998 (1977).  Oyarzn, Kemy, Desnaturalizar las diferencias: sexo, cultura, poder, en R. Olea (ed.), Escrituras de la diferencia sexual, Lom & La Morada, Santiago, pp. 267-284; Gabriel Salazar, Hombra y Feminidad. Historia Contempornea de Chile IV, ed. G. Salazar y J. Pinto, Santiago, Lom, 2002; Klubock, op.cit.  Bataille, Georges, La nocin de gasto, La conjuracin sagrada. Ensayos 1929-1939, Adriana Hidalgo, 2008, pp. 125-126  Alvear Urrutia, 1975; en Finn, Janet L., Tracing the Veins: Of Copper, Culture and Community from Butte to Chuquicamata. Berkeley: Univ. Calif. Press, 1998, pp. 130 y 134  Barrera, Barrera, Manuel, El conflicto obrero en el enclave cuprfero, Instituto de Economa, Universidad de Chile, 1973, p. 35.  de Laire, op.cit., p. 81.  Se ha destacado el crculo vicioso que implica que el padre de familia pague sus ausencias con gastos excesivos lo que lo obliga a hacer horas extraordinarias de trabajo que prolongan su ausencia y aumentan la culpa y el mecanismo de compensacin (PIEG, Anlisis del impacto psicosocial del sistema de trabajo por turnos en la unidad familiar, Proyecto FNDR/SERNAM/U. de Chile, 1999). Sin embargo, estas decisiones de gasto son muchas veces compartidas y a veces fomentadas por la madre, que legitima la figura del padre proveedor.  Neffa, Julio Csar, Crisis y emergencia de Nuevos Modelos Productivos, en De la Garza E. y J.C. Neffa, Los Retos Tericos de los Estudios del Trabajo Hacia el Siglo XXI, Buenos Aires, CLACSO, 1999.; Iglesias Turrin, Pablo, Posoperaismo, fin de la teora laboral del valor y nueva dimensin conflictiva de la clase, en  HYPERLINK "http://www.caosmosis.org" www.caosmosis.org, mayo 2004.  Bataille, op.cit., p. 119.  de Laire, op.cit., p. 60.  Bataille, op.cit., 120-121.  Se observan diferencias de percepcin segn el nivel educacional: un 41.5% de los trabajadores con educacin bsica aprueba tal situacin frente a un 11.4% de quienes tienen educacin universitaria. Coorporacin Nacional del Cobre, Divisin Norte, Estudio sobre cultural organizacional en Radomiro Tomic, 2002, p.32.  Klubock, op.cit.; Finn, op.cit., p. 95-96; Cardemartori, Jan, El impacto de la inversin extranjera en 1990-2000 sobre el desarrollo durable de la regin minera de Antofagasta, Tesis de doctorado, Universit de Louvain, 2008, p. 62.  Gayle Rubin, El trfico de mujeres: notas sobre la economa poltica del sexo, Nueva Antropologa VIII/30, noviembre 1986 [1975]; Irigaray, Luce, Espculo de la otra mujer, Akal, Madrid, 2007 [1974],  Irigaray, op.cit., p. 107-108. La autora sigue aqu a Fourier.  Walter Benjamin, Paris. Capitale du XIXe sicle, Paris, Cerf, convoluto J: 67-1 (p.362).  Derrida, Jacques, Donner le temps, 1. La fausse monnaie, Galile, Paris, 1991.  Godelier, Maurice, Mtamorphoses de la parent, Fayard, Paris, 2004.  Es al menos lo que ha subrayado Paola Tabet a partir de estudios sobre la prostitucin en Africa y Europa: la introduccin de la medida lleva a concebir el intercambio econmico-sexual como relacin de trabajo, en una lnea de cuantificacin del dinero en juego (paso del don a la tarifa), del tiempo involucrado (de una duracin indefinida a un tiempo de trabajo), y del servicio contratado (especializacin y separacin del servicio domstico, del de sostn sicolgico y del servicio sexual). Paola Tabet, La grande arnaque. Sexualit des femmes et changes econmico-sexuel, Harmattan, 2004. p.79. En trminos contractuales, esto implica que, al crear relaciones de subordinacin a largo plazo, un esposo o empleador obtendr ms fcilmente confianza y reconocimiento de su dominio sobre el contrato que un cliente sexual cuyo contrato prostitucional es de corta duracin, orientado a un performance especfico y delimitado, ms que de final abierto como los otros dos. Ibid., p.70.  Klubock, Thomas, Sexualidad y proletarizacin en la mina El Teniente, Proposiciones, 21: 45-54, 1992, p. 51.  de Laire, op.cit., pp. 105-109. La sospecha sobre las esposas genera fuertes crisis en los ncleos familiares, expresadas en prcticas de control de la mujer con llamadas sorpresivas por telfono, el pago a los hijos por informacin sobre las actividades de la madre, la revisin del cuerpo y los genitales de la mujer por parte del marido cuando este llega a casa, y puede expresarse tambin en castigos fsicos y en chantajes sicolgicos para exigir a la pareja relaciones sexuales en los tiempos de no-trabajo.  de Laire, op.cit., pp. 72 y 82  Codelco, op.cit., p. 33.  en PIEG, op.cit.  de Laire, op.cit., p. 68; Codelco, op. cit.  PIEG, op.cit., pp. 64-65.  Barthes, Roland, Sade, Fourier, Loyola, Seuil, Paris, 1971, destaca esta relacin en la utopa de Fourier en torno a la regulacin de las pasiones en la vida comunitaria de un centro industrial.  Es la crtica del estudio del PIEG a la masculinidad minera: habra una contradiccin entre la autopercepcin de herosmo y sacrificio en el trabajo, y una absoluta pasividad ante la seduccin del consumo y la tentacin sexual. Cf. PIEG, op.cit, p. 58.     Fazendo Gnero 9 Disporas, Diversidades, Deslocamentos 23 a 26 de agosto de 2010  PAGE \* MERGEFORMAT 11 QRSdefgm n ST  !_`!" 9":"""**++K0L011u2v2;4<4@455P6699<==>>DDXEYEFFFG*G5GGοο6CJOJQJj0JCJOJQJUmH 4CJOJQJmH 40J5CJOJQJj0JCJOJQJU CJOJQJ5 j0JUHSfg !&=4@4<BIMMUPUM]czj $dha$ $dh`a$ $dh`a$$dha$!`$dha$$dha$$dha$&=4@4<BIMMUPUM]czj{jmnGGOKPKMMoOpOOOOUPQTRTTTOVPVXYeezj{j|jjj9k:klllel~lll?m]m^mmmqqqrerorrrrrrrrrrrssissss@tAtkttttttνννζννννζ OJQJmH  6OJQJj0JOJQJUOJQJj0JCJOJQJUmH 4CJOJQJmH 4 CJOJQJj0JCJOJQJUFzj{jj9kl~l]mmqrrrrs@ttfuuvxyyyzC{.||=} $da$$a$t2u\ufuguuuuuvv wawx xlxmxxxxdyeyyyyyyyyyyyyyzzHzzz5{={B{C{D{E{p{{{*|-|.|/|=||||||||=}>}P}n}}}}Ӻȱө6OJQJmH 40J"OJQJmH 4jOJQJUmH 4jOJQJUmH 4 OJQJmH 4 6OJQJj0JOJQJUOJQJ OJQJmH 6OJQJmH B=}}}0~ʄބ ) 3MN$a$$a$ d$a$}}}}}~0~1~4xcpńɄʄ˄ބ߄ )*<Q 3MNOfgijkmnCJmHCJ jCJU B*CJph B*CJphjB*CJUmHph jU6OJQJmH 4 OJQJmH 4j0JOJQJUOJQJ 6OJQJ:Nklmn $a$ %,1h. 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