ÐÏࡱá>þÿ ‘“þÿÿÿ��ÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿÿì¥Á‰@ ù¿n‡jbjbq”q” HÌöö{dsÿÿÿÿÿÿl```îN¤ÖÖÖÎ Î Î Î 8 $* $Î ëdZ Z p † † è è è ¨ªªªªªª,O oÒÖÖè  Æ "è è ÖòÖÖ† † <Z òòòè Ö† Ö† ¨òêr\ ròrdrÖÖè ¨ò’ò„ÖÖ„N JoUÈÎ Î úø„„$ëë„AòA„òÃåContratos laborales y contratos sexuales en la sociedad minera del norte de Chile Jorge Pavez Ojeda A partir de una investigación en curso sobre trabajo minero y sexual en el norte de Chile, hemos observado que la transformación de las condiciones laborales de los mineros en las últimas décadas (flexibilización del trabajo, externalización/outsourcing-, regimenes de jornada excepcionales, beneficios laborales, formas de asentamiento) ha incidido en una economía política del sexo fuertemente tensionada por un régimen polarizado de necesidad y abundancia. El acceso del hombre a un contrato laboral con una empresa “mandante” en la cadena productiva lo convierte en sujeto contractual generizado como “proveedor”, “redistribuidor” y “cliente”, solicitado para contratos matrimoniales, crediticios y prostitucionales, jerarquizando las “comunidades mineras” en clases socio-contractuales donde se refuerza y a también se tensiona la jerarquía masculina de la división sexual del trabajo. Estos procesos se pueden leer como reflejos de un régimen de excepción, donde las empresas mineras ejercen un “gobierno indirecto privado” en un enclave bio-político regional transnacionalizado. En este régimen, se observa también un gran número de mujeres que concurren al enclave a competir en un “mercado de mujeres” disponibles para contratos laborales, matrimoniales, o prostitucionales, en los que participan indirectamente las empresas, como garantes de una serie de beneficios y formas de redistribución de la renta minera.  1. Las diferentes condiciones de la vida y el trabajo minero constituyen fuertes determinaciones para la organización de las relaciones de género en la sociedad minera. Los mineros trabajan en “regimenes especiales” de turnos o de jornadas, según la distancia de la faena de un centro poblado. Cuando la mina se encuentra a más de cien kilómetros de distancia de la ciudad más cercana, los trabajadores cumplen regimenes de jornadas continuas que alternan una estadía de cuatro, siete, diez o veinte días en el campamento minero, y descansos prolongados, llamados “bajadas” (4x3, 7x7, 20x10). Cuando la mina se encuentra cercana a una ciudad (el caso de la mina de Chuquicamata a 18 kms. de la ciudad de Calama), el trabajo se organiza por turnos (mañanero, tardero, nochero). De esta manera, el contrato laboral implica una temporalidad de vida determinada a su vez por la territorialidad productiva. Implícitamente, el contrato en régimen especial determina también los grados de homosocialidad del trabajador, aislado por una cierta cantidad de días en campamentos a predominancia masculina, atendidos en sus necesidades por trabajadoras de empresas de servicios a la minería (“contratistas” del aseo y la alimentación). Al decir de un dirigente sindical, el régimen de jornada excepcional transforma al minero en un “elemento disociador” de la dinámica familiar. El padre de familia, en tanto proveedor ausente, se vuelve una suerte de “enemigo” cuando se hace presente, ya que su rutina de “tiempo libre” es disruptiva de la rutina familiar. El trabajo “rompe” relaciones, en la medida que genera conflictos en varios momentos de la vida familiar: conflictos por la ausencia del padre en fechas simbólicas para la familia, conflicto por las normas disciplinarias establecidas para los hijos (el padre asume posiciones o demasiado “liberales” en relación a la madre o demasiado “disciplinarias”, siendo ambos casos desarticuladores del orden establecido por la madre en ausencia del padre), alteraciones de las relaciones afectivas con la familia (ausencia del minero en fechas simbólicas). También hay conflictos por la desigual repartición de las labores domésticas (el padre alega estar en sus días de descanso). En estos conflictos, la vuelta del padre a la mina puede ser percibida por los hijos y esposas como una “liberación”. Los trabajadores entrevistados plantean que la organización temporal del trabajo reproduce una división sexual de las tareas que implica que la mujer asuma las responsabilidades domésticas, ser “padre y madre”, y “dueña de su territorio” que es la casa familiar. Al mismo tiempo, hay una apertura nueva a la salida de la mujer del hogar, ya sea a trabajar o a participar de actividades públicas. Los trabajadores perciben hoy los beneficios familiares del “desarrollo personal” de las mujeres. Pero la mujer debe lograr combinar su trabajo doméstico con sus otras actividades (estudios, trabajo, activismo social, etc.). En este sentido, el trabajo doméstico de las esposas como dueña de casa es más valorado que antes, siendo hoy entendido como una ocupación que equivale en tiempo invertido al del trabajador minero. La responsabilidad familiar de este sigue siendo entendida como la del “proveedor” de la familia y “colaborador” de las tareas domésticas y educativas. La mujer ha asumido las responsabilidades de gestión de recursos y gastos familiares, lo que al decir de los mineros, contrasta con las generaciones “antiguas” (hasta los años 70), en la que el hombre guardaba el control de la renta de su trabajo. Las esposas de minero viven en cambio el dilema de su “autonomía de gestión” del presupuesto familiar frente a la “heteronomia de ingresos”, mientras que, en muchos casos, ellas perciben una incompatibilidad entre su rol de madre-esposas y la entrada al mercado laboral, debido a las prolongadas ausencias del padre. Sin embargo, estas percepciones están hoy cambiando, generando nuevos arreglos en los contratos matrimoniales. La gran minería ha sido en la historia de Chile el laboratorio de las políticas de domesticación de la mujer, que implementadas en paralelo a la proletarización y sedentarización del campesinado itinerante. En los campamentos mineros se desplegó una “policía de las familias”, que buscó la estabilización física y productiva de la fuerza de trabajo, su moralización, la formalización de sus relaciones sexuales, y el control de sus gastos, por medio de la generación de relaciones de dependencia con la empresa. Las políticas familiares de la mina El Teniente, controlada hasta 1971 por la Braden Cooper Company, fueron un modelo destacado por los gobiernos tanto liberales como populares entre los años 30 y 70, que vieron el ascenso de la clase media chilena y la hegemonía de un “ideologema de la familia” nuclear monogámica, cristiana y nacional, que rompió con las formas anteriores de la cultura popular. La clase patronal norteamericana de la minería del cobre (a diferencia de la del salitre) puso un fuerte empeño en la domesticación del gasto del minero, de manera que el trabajador no derrochará su salario, y que la renta minera no se gastara “improductivamente”, en fiestas, juegos y regalos. La burguesía se caracteriza como clase que disimula su gasto, gasto que es siempre funcional y para sí. La burguesía norteamericana intentó expandir la funcionalidad del gasto “útil” a las clases trabajadoras de la minería, orientando este gasto a la reproducción doméstica. El rol de la mujer dueña de casa en los campamentos fue concebido por las compañías como el de custodio del gasto del minero. En 1975, esta concepción era ya un hecho generalizado: “La mujer cuida el sueldo del minero”. El cuidado del gasto implicaba también acumulación: en esos años, se compraban dos refrigeradores esperando para venderlo en tiempos de huelga (tiempo improductivo). Hoy en día, nuestros entrevistados señalan como característica destacada del gasto minero, y principal causa del sobre-endeudamiento de los trabajadores, la adquisición de bienes suntuarios (los vehículos 4x4, los televisores LCD, equipos de sonido). Y estos mismos mineros señalan que estos gastos están fuertemente condicionados por la competencia entre trabajadores: el minero siempre va a querer ser igual o mejor que el otro. Esto ocurre a costa de una endeudamiento que los amarra a sus empleadores y a la firma rápida del contrato colectivo, deteriorando su poder de negociación. En la carrera por el prestigio, la deuda (el contrato crediticio) lo amarra al trabajo (el contrato laboral), debilitando su posición sindical: la deuda conspira contra la huelga, ya que esta última atrasa los pagos salariales, y por consecuencia, los pagos crediticios. El cliente-consumidor conspira así contra la soberanía del proveedor-redistribuidor. La domesticación del gasto parece contradecirse así con la definición misma de una conciencia obrera, no-burguesa, de la función de la riqueza como superación de la necesidad y afirmación del prestigio. Sin embargo, el gasto familiar minero en derroche festivo, bienes suntuarios, inversión en prestigio (colegios y universidades privadas para los hijos, residencias secundarias en los balnearios chilenos), constituyen hoy flujos que alimentan la acumulación capitalista de las instituciones crediticias, los holdings del comercio retail y automotriz, las sociedades constructoras e inmobiliarias, etc. Si por una parte, las empresas reproducen sus políticas disciplinarias domesticadoras, por ejemplo con los “buses sellados” que transportan los mineros directamente desde la faena al domicilio, impidiendo que estos se detengan a gastar dinero en alcohol y mujeres en las ciudades de tránsito, por otra parte, se multiplica la oferta de consumo y créditos en las ciudades mineras. En tanto “proveedor”, el trabajador se vuelve “cliente”, sujetos de consumo y de crédito, y a través de él, todos los miembros de la familia participan de esta subjetividad clientelar del consumismo. Como se ha señalado, la capacidad de consumo le permite al minero legitimar la repartición de su tiempo ante su familia (su paternidad semi-ausente). El minero incorpora así a su familia a la relación clientelar. Por su intermedio, la familia se vuelve cliente del padre proveedor y cliente de las empresas de consumo. Cuando la redistribución del dinero le da al dueño de casa derecho a un trato preferencial, se instituye una lógica clientelar similar a la lógica contractual laboral, en donde la empresa compra el tiempo y trabajo del trabajador, y el trabajador compra el tiempo y trabajo doméstico de su esposa (“ninguna mujer se va si le pones casa, auto y chequera” dicen varios mineros). La familia entra así a competir con los antiguos beneficiarios del derroche festivo y suntuario del trabajador minero: mujeres y mercaderes del comercio sexual. El espacio familiar del minero es entonces también un espacio productivo, en la medida que las lógicas familiares, permeadas por los flujos monetarios, contribuyen al movimiento económico general. Esta progresiva indistinción entre el tiempo de trabajo y no trabajo (la disolución del “no-trabajo), entre tiempo productivo e improductivo (la desaparición del tiempo improductivo) constituye un rasgo clave de los modelos productivos postfordistas. La “inversión” del “tiempo libre” en consumo contribuye precisamente a la disolución de estas distinciones. Sin embargo, el consumismo de las familias mineras tiene también una dimensión de derroche, es decir, de “gasto improductivo” donde el “intercambio sigue siendo considerado como una pérdida suntuaria de objetos donados”. El “gasto improductivo” contribuye a la producción de honor, prestigio y estatus, algo que de Laire también detectó como trasfondo del consumismo minero: “la ostentación de un estatus lleva a la espiral del endeudamiento”. Bataille ya había señalado la analogía entre la lucha por el prestigio que está detrás del derroche, donde el mayor derroche otorga mayor prestigio, y la inflación crediticia del préstamo con usura. En ambos casos, el gasto en el estatus supone más crédito con mayores intereses. El don aumenta la deuda. Sin embargo, en la lógica usurera, no se obtiene ni gloria ni honor, que son lo que le da sentido a la riqueza, y sólo son posibles por la pérdida. 2. Como parte de esta lógica de obtención de prestigio por la redistribución y el derroche, se puede incluir la fuerte relativización del valor de la monogamia por parte de los mineros: un estudio de la mega-empresa estatal Codelco encontró que casi un 30% de sus trabajadores piensa que no tiene importancia tener más de una familia si el trabajador es capaz de mantenerla. Esta tendencia “poligámica”, o al menos “bígamica”, de la masculinidad minera se resume en la frase de una dueña de casa sobre la “mentalidad del minero”: “el minero no es minero si no tiene más de una mina”. Esta “mentalidad” se expresó también en una reivindicación cultural y económica, aceptada por Codelco, último reducto garante de un “estado de bienestar”. Los servicios de salud financiados por la empresa codifican las prestaciones otorgadas a las mujeres según su estatus conyugal: el código 0 para las trabajadoras de la empresa, el código 01 para la esposa oficial, los códigos 39 y 40 para convivientes (llamadas por las esposas, las “sucursales”). Estos beneficios se suman a las asignaciones familiares y las retenciones judiciales para mujeres separadas, que siguen la lógica instituida desde los años 40 en El Teniente y en 1958 en Chuquicamata (y eliminada por el gobierno militar en 1973) de la llamada “compensación de la mujer”: un pago directo (asignación familiar) a la conviviente oficial del minero, pago que tenía el doble fin de valorizar el trabajo doméstico de las “mujeres en el hogar” y de domesticar al hombre, impidiendo que el minero controlara y derochara todo el presupuesto familiar. Mientras que los beneficios que reconocen una poligamia de hecho fueron reclamados y ganados como parte de las demandas sindicales mineras, la “compensación de la mujer” fue parte de una política de disciplinamiento presupuestario de la empresa hacia los hogares mineros. En cuanto a las mujeres, estas mismas señalan que mientras menos nivel de instrucción alcanzan, mayor tolerancia desarrollan con la poligamia de sus parejas, ya que no verían otra forma de sobrevivir, si no en el trabajo doméstico, que implica una notable pérdida de estatus y de posición socio-económica. Tanto Gayle Rubin como Luce Irigaray señalaron en su lectura de Engels, que el contrato de matrimonio en la familia nuclear monogámica convierte a la mujer en sirvienta, mujer alejada de “lo público”. El matrimonio tiende a ser un “contrato de trabajo implícito” pero sin los derechos jurídicos asociados al trabajo. Para Irigaray, este contrato también oculta “un acto de compra del cuerpo y del sexo de la mujer”, una “adquisición y propiedad exclusiva” que constituyen dos prostituciones transformadas en virtud conyugal, otro “polo del mismo estado social”. Irigaray plantea así el contrato de matrimonio como contrato de trabajo, que ve como contrato de esclavitud doméstica, a diferencia del contrato prostitucional, donde el servicio sexual prestado es valorizado como tal. Sin embargo, con las políticas y demandas mineras aquí analizadas, vemos que cada vez más el contrato matrimonial reconoce el trabajo doméstico como parte de sus cláusulas, y los derechos que este implica. Por otra parte, el problema de la exclusividad está en el centro de las preocupaciones de los mineros. El contrato matrimonial se acercaría entonces más explícitamente al contrato prostitucional, en la medida que sanciona un intercambio de trabajo (doméstico y sexual) contra compensaciones económica. Sin embargo, los mineros se oponen a esta comparación, destacando tres diferencias claves: la duración del contrato prostitucional, la sanción por la ley del contrato matrimonial, y el vínculo con la descendencia (el contrato familiar que se impone sobre las partes de alianza matrimonial). Al señalar que “por los hijos se aguanta hasta el límite de lo permitido”, un minero recuerda la observación de Benjamin: “El valor social del matrimonio descansa, de manera decisiva, en la duración de este, en la medida que esta guarda la idea de una ‘confrontación’ de los esposos, ultima y definitiva, pero diferida durante la vida. Los esposos están protegidos de esta confrontación tanto como dure el matrimonio, y por lo tanto, fundamentalmente, toda su vida”. El matrimonio es entonces la suspensión indefinida de un conflicto final, por medio de un pacto para el don, una alianza que ejerce un “don del tiempo”, a la descendencia, a los hijos. Eso es al menos lo que destacan algunos entrevistados como el último resguardo de un contrato matrimonial: la proyección en el tiempo por la descendencia hace la diferencia con un contrato prostitucional, que es un contrato sexual efímero y no incluye una domesticidad. El matrimonio minero se sostiene entonces sobre la filiación más que sobre la alianza. Más que de un intercambio de mujeres entre hombres, vemos un intercambio con mujeres, donde en el proveedor se vuelve redistribuidor y cliente, y vuelve clientes a las mujeres. Ocurre así a la inversa de la relación prostitucional, donde el cliente minero busca amplios servicios de parte de las mujeres: el servicio sexual, y también un servicio “doméstico” concebido como compañía, afecto, conversación; servicio que puede durar “25 años” en una vida paralela a la de la familia. El minero puede así asumir dos actitudes al volver a la mina: establecer un corte con la dinámica familiar que deja atrás, en la lógica de una “doble vida” fomentada por la temporalidad propia de la faena, o seguir funcionando como si la familia y la pareja estuvieran cerca. El primer caso lo resume en una frase un ingeniero de Escondida con jornada de 4x4: “soy de Copiapó, por lo tanto yo soy padre, esposo, buen cristiano allá en Copiapó, aquí soy libre, soy soltero”. En el segundo caso, se observa el deseo de exclusividad: la distancia y el aislamiento puede generar obsesiones nefastas, cargadas de “temor y ansiedad respecto a las mujeres”. Esta ansiedad se expresa frecuentemente en las sospechas en torno a la infidelidad de la mujer, sospechas fomentadas por la homosociabilidad en las faenas, cargada de alusiones a la traición de las esposas. La sospecha alimentada grupalmente en forma humorística constituye una forma de carnavalización de una obsesión colectiva, un deseo de “minas”, que sin embargo es una manera de recordar la separación entre la “mina” y el hogar, y hacer simbólicamente presente a la pareja en la mina. De esta manera, “el fantasma del ‘patas negras’ recorre las faenas”, según la acertada paráfrasis de Fernando de Laire. 3. Las separaciones matrimoniales constituyen un tópico reiterativo en las entrevistas con mineros, esposas de mineros, y en los pocos estudios que han analizado las relaciones de género en la minería. Según dirigentes de la Confederación Minera y el Sindicato Nacional de Montajistas Industriales (que trabajan estos últimos en ciclos largos como 20x10), 40 % de sus afiliados han vivido separaciones conyugales o mantienen varias familias. En Codelco, se calcula que el 60% de los trabajadores de Chuquicamata han tenido separaciones. También los entrevistados mencionan para esta mina, alrededor de 4.500 retenciones judiciales a sueldos de trabajadores separados. Varios aspectos de los contratos laborales aquí señalados contribuyen a la crisis de los contratos matrimoniales: la temporalidad del trabajo (jornadas y turnos de operarios, disponibilidad permanente de supervisores, la carrera productiva contra el tiempo y sus presiones) produce un “pathos” laboral (una pasión) que desborda sobre el tiempo de no-trabajo, amenazando el “ethos” familiar. Esto explica que una de las principales demandas de los mineros entrevistados es la “empatía” de la mujer con los tiempos vitales del trabajador. Empatizar implica participar del pathos del trabajo, hacerse parte de él; empatizar es participar del vínculo social en una comunidad ordenada por el trabajo. La sociabilidad familiar y de amistades se verá así travesada por la sociabilidad laboral, la familia conyugal por la “familia minera”, concebida como una “segunda familia”, familia de hombres con la que se convive en los campamentos. Como señala una esposa de supervisor de Codelco: “vivimos dentro del trabajo del marido”. Esto refuerza una forma de endogamia minera, produciendo el “encapsulamiento” propio de comunidad laboral. De hecho, se señala que las alianzas matrimoniales funcionan mejor cuando la mujer es hija de minero, por haber sido socializada en la temporalidad familiar del trabajador minero, creando así la “empatía” con el trabajo minero. La alteración de los tiempos disponibles del hombre redunda en las relaciones sexuales de la pareja, por la inadecuación de los horarios de disponibilidad de los cónyuges. Desde la perspectiva de los trabajadores, este último aspecto lleva en muchos casos a las infidelidades del trabajador y su cónyuge, para buscar su satisfacción sexual fuera de la pareja estable. El deseo sexual (las “hormonas” en palabras de las entrevistadas) son concebidas por las mujeres en términos de apetito, es decir, necesidad biológica. Abundan expresiones explicativas de la infidelidad en metáforas alimenticias: “se aburrió de comer porotos, quería comer lentejas”, “cuando hay biftec todos quieren comer”. Se trata de una ecuación entre alimentación y sexo que parece propia de la comprensión de las pasiones en comunidades cerradas, reguladas por los tiempos de trabajo. En una entrevista grupal con esposas de mineros de Codelco, ellas identificaron cuatro “tipos” de mujeres que constituían una amenaza para la fidelidad conyugal: las “secretarias” de la empresa, las “practicantes” (llamadas “putas con título”) quienes son percibidas como mujeres dispuestas a todo para conseguir un contrato y quedarse en la empresa, las empleadas de la empresa contratista Servilimp encargadas de las tareas de aseo en las faenas y en oficinas, quienes constituirían una amenaza “hormonal” para los trabajadores ya que son de las pocas mujeres que conviven con ellos en las faenas, y las “negras colombianas”, migrantes que llegan a Calama en busca de mejor vida y cuya mayoría se involucra en el comercio sexual. La gran amenaza que se percibe de estas mujeres es la posibilidad de que generen hijos con los trabajadores, como forma de obtener beneficios y parte del sueldo de estos. Hay que decir que a todas estas mujeres se les achaca algún interés: el dinero del minero, un contrato en la empresa, o una visa de residencia permanente en Chile en el caso de las “colombianas”. Los hombres entrevistados destacaron más bien la lógica por la cual muchas separaciones conyugales están vinculadas a las aspiraciones de ascenso social de esposas de trabajadores contratistas (de salarios más bajos), aspiraciones que ellos entienden como una “inadecuación” cultural/educacional entre parejas. Señalan como caso padigmático el de las mujeres que han tenido la oportunidad de estudiar gracias al sueldo de su marido. Los estudios las llevan a insertarse con mayor estatus en el mundo laboral, ganar más dinero, vincularse a otros círculos sociales. Ellas empezarían a sentir que el faenero contratista con el cual conviven “no es para ella”, generando un deseo de estar con un hombre de más instrucción y más capacidad adquisitiva. Se complementaría así el deseo de ascensión social femenino, con la dificultad de los mineros para aceptar que la mujer gane más dinero que ellos. Reconocen que esto debilita fuertemente su autoestima masculina. Ante este caso, no ven muchas opciones: trabajar más para equipararse, o renunciar a la alianza matrimonial: “yo te juro que me cago, me consigo 10 pegas para trabajar las 24 horas para poder hacerle gancho a mi mujer, o me separo, porque es insostenible para un hombre con una cultura digamos… uno nace con una cultura, si aquí somos un poco machistas porque nacimos en eso, entendí, nacimos, es el ser”. La superación por la mujer de los ingresos del hombre aparece así como el gran fantasma de la pérdida de soberanía. Este caso se hace explícito con las compañeras de trabajo, mujeres mineras que ganan igual que los hombres, y cuyas crisis matrimoniales son observadas por ellos como evidencia de la incompatibilidad. Queda claro que ambos puntos de vista constituyen representaciones altamente generizadas de la infidelidad y la separación conyugal, poniendo las mujeres el acento en la dimensión pragmática de la economía en las relaciones de sexo/género, y los hombres en la dimensión estructural de la sociología del estatus. Antes que eso, la economía de sexo/género produjo prácticas de mujeres y la estructura sociológica, estatus de hombre. La auto-victimización del trabajador y su pasividad ante procesos sociales que lo desbordan parecen ser un fenómeno propio de una época de flexibilidad laboral, que “corroe el carácter”, “diluye las responsabilidades” y “hace ilegible” el trabajo en todos los sectores de la vida productiva (Sennet, 2000). La pasión por el trabajo y la vida en el presente parecen ser los únicos lugares donde se afirma el trabajador minero. Por otra parte, las estrategias de diferenciación de la clase obrera respecto a la burguesía, como el gasto improductivo y la competencia por el prestigio y el honor, parecen también haber sido recuperados por el capitalismo postfordista. En este contexto, el trabajador -proveedor, redistribuidor y cliente– se afirma en los márgenes de sus múltiples relaciones contractuales: el contrato laboral sostiene el contrato familiar, el contrato prostitucional al contrato matrimonial, el contrato matrimonial al contrato crediticio, el crediticio al laboral, etc. En esas posibles articulaciones e intersticios parecen afirmar no una ética sino una pasión de la conciencia minera fundada en el gasto (destructivo) de su existencia física (su vida y su cuerpo), como don para los otros, constitutivo del vínculo de la comunidad minera.  Este trabajo es producto de los proyectos Fondecyt 1095007 y 11080269.  Docente-investigador, Instituto de Investigaciones Antropológicas y Museo, Universidad Católica del Norte (Chile).  Se han realizado 18 entrevistas individuales en profundidad a trabajadores mineros varones y 4 entrevistas grupales (dos a mineros varones, una a esposas de mineros y una a trabajadoras de la minería).  Mbembe, Achille, De la postcolonie. Essai sur l’imagination politique en Afrique contemporaine, Karthala, Paris, 2000.  Como lo ha sido desde el surgimiento de la minería industrial en Chile, ver Klubock, Thomas M., Contested Comunities. Class, Gender, and Politics in Chile’s El Teniente Cooper Mine, 1904-1951, Duke Universty Press, 1998.  Sobre la espacialidad del trabajo minero, ver nuestro artículo “Asentamientos y sociabilidad en la gran minería del cobre”, ms. 2010.  Algunas empresas publican la participación femenina en su dotación directa: Cerro Colorado (27 mujeres, 3,3% del total de la dotación en 2007); Spence (74 mujeres, 7,7 % en 2008); Minera el Tesoro, (9 %); Anglo American (Mantos Blancos y Manto Verde: 4%); Escondida (113 mujeres, 3,6%); Codelco-Chile (1.244 mujeres, 6,8%, con variaciones entre las minas: Minera Gaby de Codelco División Norte, por ejemplo, tiene la mayor tasa femenina del sector: 25%). La presencia de las mujeres está concentrada en funciones principalmente administrativas y de servicios; con una presencia muy reducida a nivel gerencial y en faenas. Sin embargo, esta incorporación paulatina de las mujeres en las minas ha generado cambios importantes en las concepciones masculinas sobre las mujeres, nuevas formas de relación y de habla, calificadas como de “respeto” e “igualdad”. Como señaló un entrevistado, la mujer dejó de ser la “carne del sexo” para pasar a ser una “compañera de trabajo”.  Moisés Labraña en De Laire, Fernando, La trama invisible o los claroscuros de la flexibilidad, Cuaderno de Investigación, No.8 Departamento de Estudios. Dirección del Trabajo, Santiago, 1999, pp. 71 y 73.  Ibid, 66-74 y 122.  Ibid, 112-114  Klubock, op. cit.  Donzelot, Jacques, La policía de las familias, Pretextos, Valencia, 1998 (1977).  Oyarzún, Kemy, “Desnaturalizar las diferencias: sexo, cultura, poder”, en R. Olea (ed.), Escrituras de la diferencia sexual, Lom & La Morada, Santiago, pp. 267-284; Gabriel Salazar, Hombría y Feminidad. Historia Contemporánea de Chile IV, ed. G. Salazar y J. Pinto, Santiago, Lom, 2002; Klubock, op.cit.  Bataille, Georges, “La noción de gasto”, La conjuración sagrada. Ensayos 1929-1939, Adriana Hidalgo, 2008, pp. 125-126  Alvear Urrutia, 1975; en Finn, Janet L., Tracing the Veins: Of Copper, Culture and Community from Butte to Chuquicamata. Berkeley: Univ. Calif. Press, 1998, pp. 130 y 134  Barrera, Barrera, Manuel, El conflicto obrero en el enclave cuprífero, Instituto de Economía, Universidad de Chile, 1973, p. 35.  de Laire, op.cit., p. 81.  Se ha destacado el “círculo vicioso” que implica que el padre de familia “pague” sus ausencias con gastos excesivos lo que lo obliga a hacer horas extraordinarias de trabajo que prolongan su ausencia y aumentan la culpa y el mecanismo de compensación (PIEG, Análisis del impacto psicosocial del sistema de trabajo por turnos en la unidad familiar, Proyecto FNDR/SERNAM/U. de Chile, 1999). Sin embargo, estas decisiones de gasto son muchas veces compartidas y a veces fomentadas por la madre, que legitima la figura del padre proveedor.  Neffa, Julio César, “Crisis y emergencia de Nuevos Modelos Productivos”, en De la Garza E. y J.C. Neffa, Los Retos Teóricos de los Estudios del Trabajo Hacia el Siglo XXI, Buenos Aires, CLACSO, 1999.; Iglesias Turrión, Pablo, “Posoperaismo, fin de la teoría laboral del valor y nueva dimensión conflictiva de la clase”, en  HYPERLINK "http://www.caosmosis.org" www.caosmosis.org, mayo 2004.  Bataille, op.cit., p. 119.  de Laire, op.cit., p. 60.  Bataille, op.cit., 120-121.  Se observan diferencias de percepción según el nivel educacional: un 41.5% de los trabajadores con educación básica aprueba tal situación frente a un 11.4% de quienes tienen educación universitaria. Coorporación Nacional del Cobre, División Norte, Estudio sobre cultural organizacional en Radomiro Tomic, 2002, p.32.  Klubock, op.cit.; Finn, op.cit., p. 95-96; Cardemartori, Jan, El impacto de la inversión extranjera en 1990-2000 sobre el desarrollo durable de la región minera de Antofagasta, Tesis de doctorado, Université de Louvain, 2008, p. 62.  Gayle Rubin, “El tráfico de mujeres: notas sobre la ‘economía política’ del sexo”, Nueva Antropología VIII/30, noviembre 1986 [1975]; Irigaray, Luce, Espéculo de la otra mujer, Akal, Madrid, 2007 [1974],  Irigaray, op.cit., p. 107-108. La autora sigue aquí a Fourier.  Walter Benjamin, Paris. Capitale du XIXe siècle, Paris, Cerf, convoluto J: 67-1 (p.362).  Derrida, Jacques, Donner le temps, 1. La fausse monnaie, Galilée, Paris, 1991.  Godelier, Maurice, Métamorphoses de la parenté, Fayard, Paris, 2004.  Es al menos lo que ha subrayado Paola Tabet a partir de estudios sobre la prostitución en Africa y Europa: la introducción de la “medida” lleva a concebir el intercambio económico-sexual como “relación de trabajo”, en una línea de cuantificación del dinero en juego (paso “del don a la tarifa”), del tiempo involucrado (de una duración indefinida a un tiempo de trabajo), y del servicio contratado (especialización y separación del servicio doméstico, del de sostén sicológico y del servicio sexual). Paola Tabet, La grande arnaque. Sexualité des femmes et échanges económico-sexuel, Harmattan, 2004. p.79. En términos contractuales, esto implica que, al crear “relaciones de subordinación a largo plazo”, un esposo o empleador obtendrá más fácilmente confianza y reconocimiento de su dominio sobre el contrato que un cliente sexual cuyo contrato prostitucional es de corta duración, orientado a un “performance específico” y delimitado, más que de “final abierto” como los otros dos. Ibid., p.70.  Klubock, Thomas, “Sexualidad y proletarización en la mina El Teniente”, Proposiciones, 21: 45-54, 1992, p. 51.  de Laire, op.cit., pp. 105-109. La sospecha sobre las esposas genera fuertes crisis en los núcleos familiares, expresadas en prácticas de control de la mujer con llamadas sorpresivas por teléfono, el pago a los hijos por información sobre las actividades de la madre, la revisión del cuerpo y los genitales de la mujer por parte del marido cuando este llega a casa, y puede expresarse también en castigos físicos y en chantajes sicológicos para exigir a la pareja relaciones sexuales en los tiempos de no-trabajo.  de Laire, op.cit., pp. 72 y 82  Codelco, op.cit., p. 33.  en PIEG, op.cit.  de Laire, op.cit., p. 68; Codelco, op. cit.  PIEG, op.cit., pp. 64-65.  Barthes, Roland, Sade, Fourier, Loyola, Seuil, Paris, 1971, destaca esta relación en la utopía de Fourier en torno a la regulación de las pasiones en la vida comunitaria de un centro industrial.  Es la crítica del estudio del PIEG a la masculinidad minera: habría una contradicción entre la autopercepción de heroísmo y sacrificio en el trabajo, y una absoluta pasividad ante la seducción del consumo y la tentación sexual. Cf. PIEG, op.cit, p. 58.     Fazendo Gênero 9 Diásporas, Diversidades, Deslocamentos 23 a 26 de agosto de 2010  PAGE \* MERGEFORMAT 11 QRSdefgÁÂm n ÷ ø ù û €�ÃÄST  !_`¦§!"± ² 9":"à"á"**Ç+È+K0L0•1–1u2v2;4<4@4³5´5P6†6µ9¶9¼<†=‡=ð>ñ>¿DÀDXEYEßFàFûFG*G5G‘GøöïâïÚøø×øïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïâïοÎïοÎïâïâïâïâïâï·ï·ï6�CJOJQJj0JCJOJQJUmH 4CJOJQJmH 40J5�CJOJQJj0JCJOJQJU CJOJQJ5� j0JUHSfgû þ Å!‘‘&=4@4¾<íBÙI¶M¹MUP¤UM]áczj÷ïçáÙÍ¿¿¿¿µÍÍÍ͵ÍÍÍÍÍ $dh¤a$ $„Ðdh¤`„Ða$ $„Ðdh`„Ða$$dha$!„Ð`„Ð$dha$$dha$$dha$‘‘&=4@4¾<íBÙI¶M¹MUP¤UM]áczj{jm‡n‡þþþþþþþþþþþþþþþþþ‘G’GOKPK³M´MoOpOÎOÏOÐOUPQTRT½T¾TOVPVÿXYëeìezj{j|jÄjÅj9k:klllel~llàl?m]m^måmæm³q´qÛqreror‚rƒr—r˜r§r¨r»r¼rÐrêrssis‹sÆsýs@tAtkt”t¹tºtÔtätòëòëòëòëâÓâëòëòëòëòëòëÎÃÎÃÎÃÎÃνÎÃνÎÃÎÃÎÃνζÎÃÎÃÎÃÎÃνÎÃννÎÃνÎÃζ OJQJmH  6�OJQJj0JOJQJUOJQJj0JCJOJQJUmH 4CJOJQJmH 4 CJOJQJj0JCJOJQJUFzj{jÄj9kl~l]måm³q‚r—r§r»rs@t¹tfuéuvx­yÊyæyzC{.|ü|=}ýøøøøøøøøøøøøøøøøøîøøøøøøøø $dð¤a$$a$ät2u\ufugu‚u­uéuêuvv wawx 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